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Las islillas que rodean a Cuba atesoran valiosas historias y pasajes de la vida de relevantes personalidades, en una de ellas Ernest Hemingway encontró inspiración para escribir algunas de sus más notorias creaciones.
CAYO CASIGUAS: PASEO POR LA VIDA DE ERNEST HEMINGWAY
POR ADALYS PILAR MIRELES
Cayo Mégano de Casiguas, la isleta cubana que acogió a Ernest Hemingway durante la segunda guerra mundial, revela pasajes desconocidos de la vida del famoso novelista estadounidense.
La islilla - una de las 160 del archipiélago Los Colorados- que refugió al Premio Nobel de Literatura mientras intentaba detectar submarinos alemanes en el golfo de México, es visitada ahora por turistas y navegantes.
Situada al norte de esta occidental provincia, fue acondicionada para mostrar a los visitantes los encantos de este sitio y las huellas de la presencia de Hemingway quien lo bautizó como Cayo Paraíso.
Luego de cumplir su misión antifascista, el autor de “Adiós a las Armas” prosiguió sus viajes hasta el asolado escenario en su barco de pesca junto a su ayudante Gregorio y su esposa Mary.
Allí solía escribir en la madrugada a la luz de las velas tras días de bojeo por el enclave y exploraciones a lo largo de unos cuatro kilómetros de playa.
El Cayo, que le obsequió gran parte del realismo logrado en su novela “El Viejo y el Mar” , atesora aún muchos recuerdos del destacado escritor, que estuvo allí en varias ocasiones durante la primera mitad del siglo pasado. En este lugar nació también su novela Islas en el Mar, publicada póstumamente.
Localizado frente al estrecho de La Florida , a unos 110 km al oeste de La Habana, Paraíso sobresale también por sus blancas dunas, la belleza de sus fondos marinos y la proximidad de abundantes arrecifes coralinos.
Después de permanecer varias décadas en silencio, el cayo muestra episodios poco conocidos del narrador, que consideró a Cuba como su segunda casa y a esta porción de tierra como su refugio predilecto.
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Tambor yuka: ritmos, bailes y erotismo del Africa a Cuba

Pinar del Río, Cuba, La fiesta del tambor yuka, mezcla de ritmos y bailes africanos, pervive aún en este extremo del país tras varios siglos de convite.
La celebración traída a Cuba por los negros de origen bantú durante el siglo XVIII, gira alrededor de un conjunto de tambores que retan a los bailadores al calor del fuego y la opacidad de la noche.
Estos festejos, heredados de los ancestros congoleses que poblaron La Isla tras su llegada como esclavos, se extendieron en un inicio por gran parte del archipiélago pero en la actualidad subsisten sólo en esta región(a unos 140 km al oeste de La Habana).
El Guayabo y Barbacoa, son las demarcaciones donde cobran vida los recuerdos al llamado de la sangre y el abrazo del aguardiente.
Asociados en la antigüedad a prácticas de brujería o “el palo” (ritos bantúes) la tradición adquiere ahora otras significaciones fundamentalmente vinculadas a motivos culturales.
Los tambores Yuca( vocablo que significa tocar o percutir) son los de mayor tamaño de todos los afrocubanos, pues algunos pueden medir varios metros de largo.
Confeccionados con troncos de cedros o aguacate muy comunes en la zona, estos instrumentos realizan distintas ejecuciones pues mientras uno llama a la festividad (llamador), otro marca el ritmo ( mula ) y un tercero improvisa (caja).
Al compás de los añejos toques, las parejas forman ruedos y un bailador solista compite con el improvisador que intenta sorprenderlo mediante inesperados cambios ritmáticos y un original desempeño musical.
Serino Barrios, de 70 años de edad, comenta que aprehender la tradición fue uno de sus juegos predilectos, “nadie me dio lecciones, para tocar sólo se precisa tener buen oído y sobre todo, mirar a los que saben”.
Recuerda que primero practicaba en un taburete para imitar el sonido de las palmas sobre los parches, hasta que logró hacer su propio instrumento que lo acompaña desde hace décadas.
Aunque los años enraizaron estas celebraciones, el canto asociado a ellas se perdió debido a las complejidades y el desuso en este lugar de los idiomas que integran el grupo lingüístico bantú.
Cuentan las leyendas que en épocas remotas eran frecuentes las letrillas de pulla que ocasionaban disputas entre los asistentes, algunos de ellos víctimas fatales de estos apasionados encuentros.
En 1862 existía en Pinar del Río, también conocida como Vuelta Abajo, un centenar de ingenios azucareros.
La producción de azúcar de caña exigía mano de obra barata y la trata de esclavos procedentes de Africa facilitó la fuerza de trabajo para la incipiente industria.
Una de las principales etnias establecidas en este territorio fueron los congos, quienes legaron a sus sucesores sus costumbres musicales y bailables, que perduran entre los lugareños.
Numerosos investigadores han coincidido en señalar a los pueblos bantú como una de la tres áreas africanas de mayor presencia y aporte en el proceso transcultural que dio lugar al comportamiento cultural del cubano.
Durante la época del tráfico negrero estuvieron asentados en la región de la Cuenca del río Congo o Zaire, desde donde viajaron en azarosa travesía sin más equipaje que sus tradiciones.
Estudiosos afirman que la Fiesta del tambor yuca a su llegada a La Isla tuvo también una significación erótica por la fogosa comunicación entre los danzantes.
Según el famoso etnólogo cubano Fernando Ortiz, era un baile para la fertilidad, donde se chocaban las pelvis para simular la consumación del acto sexual y el hombre perseguía a la mujer .
Ahora, pese a muchas transformaciones, sigue siendo un gran jolgorio.
Durante semanas los pobladores engalanan el escenario con hojas de palmas y adornos florales, mientras en las casas las mujeres elaboran comidas criollas que complementan este peculiar espectáculo, mezcla de ritmos, transculturación y erotismo
José Martí: de Cuba y Mercurio

Por Adalys Pilar Mireles
Calificado como un coloso del pensamiento, el arte y la política, José Martí es el primer cubano cuyo nombre distingue un punto del espacio, tan virgen como enigmático.
Considerado por muchos el planeta más hermoso y menos explorado del sistema solar, devino homenaje celeste a los grandes músicos y poetas que habitaron la vecina tierra desde épocas lejanas.
Este astro de apenas unos 4 mil 800 kilómetros de diámetro parece haber sido reservado sólo para figuras relevantes de las letras y otros oficios tan sublimes como el de crear o interpretar melodías.
Lo realmente curioso es que los cráteres de su superficie se convirtieran en monumentos a hombres de la talla de Miguel de Cervantes Saavedra, inmortalizado por los delirios y aires de justicia de su romántico caballero andante.
El no menos célebre Honorato de Balzac da nombre también a uno de esos orificios, originados por remotos impactos, al igual que el novelista ruso León Tolstoi (uno los más eminentes autores de la narrativa realista de todos los tiempos), que dio vida a la releída La Guerra y La Paz, su obra cumbre.
Sor Juana Inés de la Cruz, la más famosa de las poetisas mexicanas, es otra de las personalidades elegidas, además de la chilena Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura en 1945.
El compositor vienés Franz Peter Schubert quien nos legó un valioso tesoro musical precursor del romanticismo (maestro de la escritura sinfónica ), es otro de los grandes hombres que se adueñan de un pedacito del planeta, perdido entre el resplandor solar.
Científicos afirman que las numerosas depresiones se formaron probablemente hace cuatro mil millones de años durante el bombardeo de meteoros en nuestro sistema.
Los tratados internacionales reconocen que el control de la nomenclatura del espacio recae exclusivamente en la Unión Astronómica Internacional, organización a la que se le atribuye casi por completo la idea de tan altos reconocimientos.
Así, para alegría de los terrícolas que aman el arte, todos los cráteres de Mercurio evocan a creadores fallecidos, mientras que en la Luna se recurre a intelectuales y científicos, si son grandes, o a nombres comunes de personas en el caso de los pequeños.
A sólo metros del lugar que rinde culto a las escritoras latinoamericanas existe un espacio de unos 76 kilómetros de diámetro dedicado a José Martí, considerado también la figura cimera de la literatura en la Isla.
Más que un modernista, fue un visionario de su tiempo y un iluminador del futuro, que nos llega hasta hoy casi con la misma frescura y omnipresencia de entonces.
El cráter de Mercurio ( planeta visible a la sombra del ocaso o los destellos del alba) es uno de los más singulares homenajes de la naturaleza al Héroe Nacional de Cuba, reverenciado también con un lirio de pétalos níveos que lleva igualmente su nombre.
Hoy, para envida de muchos, Martí tiene la exclusividad de un sitio a donde ningún mortal ha podido llegar.


